En
la historia de las artes plásticas cubanas, la Academia San
Alejandro, fundada en 1818, ocupa un sitio privilegiado; en ella
cursaron estudios muchos de los más grandes nombres de nuestro arte
y formaron parte de su claustro de profesores ilustres
personalidades. Cabría preguntarse si lo antes mencionado es asunto del pasado.
Sabemos que con la fundación de la Escuela Nacional de Arte en los
tempranos sesenta, la vanguardia en la creación y la docencia
desplazó su centro de gravedad hacia la flamante instalación de
Cubanacán, predio en el que más tarde se radicó la Facultad de Artes
Plásticas del Instituto Superior de Arte. San Alejandro pareció
entonces como un centro iniciador de vocaciones, con sus altas y sus
bajas, pero en una escala intermedia no demasiado estimulante para
profesores y alumnos que veían muchas veces en la institución una
estación de paso. Sin embargo, y luego de remontar los peores momentos de los
noventa, la Academia entró en el siglo XXI con aires renovadores.
Refrescó el proyecto pedagógico, reanimó el sentido de pertenencia,
se insertó con voz propia en el panorama visual de la Isla. Ser
profesor o alumno de San Alejandro es una condición que se ostenta
con sano orgullo en estos días. Esto lo pude verificar al llegar al edificio de la rotonda de
Marianao, para conocer del trabajo que profesores y estudiantes
presentaban como un espacio temporal de la Décima Bienal de La
Habana. Las acciones me reciben con las columnas envueltas, pienso en el
célebre artista de origen búlgaro Christo, que con el título de
Mientras vendamos, de marcado carácter lúdico, concibió Edel
Bordón. Todos los ámbitos posibles se convirtieron en galerías.
Destaca la obra de Erne García, un espacio del aula totalmente
intervenido; Lágrimas negras, de los alumnos de Inés Garrido,
quienes tomaron una escalera con una muy plural muestra de pañuelos
personalizados; el proyecto personal, conceptualmente intrincado, de
Rolando Vázquez, La letra con sangre; el difícil y complicado
viaje de la libélula en Línea recta de Nelson Domínguez
Landicani; el uso de la fotografía y la muestra de ingenio en la
instalación Conversación, de Aissa Santino y Pablo Bordón; el
impresionante, inteligente y bien facturado efecto visual,
acompañado de una sonoridad que se corresponde con el mensaje que
transmite la obra Soledad humana, de Rafael Villares; la
experimentación escultórica de Yamilé Pardo, Archivo,
Cadena de transmisión.
Algunas de estas obras se ven limitadas por los recursos, pero se
aprecia el resultado válido de un trabajo a tomar en cuenta. Ni
academia pura ni delirio pedagógico. San Alejandro es y vuelve a ser
San Alejandro.
Tags: plastica, pintura, arte