martes, 28 de abril de 2009

En el arte, San Alejandro cuenta

En la historia de las artes plásticas cubanas, la Academia San Alejandro, fundada en 1818, ocupa un sitio privilegiado; en ella cursaron estudios muchos de los más grandes nombres de nuestro arte y formaron parte de su claustro de profesores ilustres personalidades. Cabría preguntarse si lo antes mencionado es asunto del pasado. Sabemos que con la fundación de la Escuela Nacional de Arte en los tempranos sesenta, la vanguardia en la creación y la docencia desplazó su centro de gravedad hacia la flamante instalación de Cubanacán, predio en el que más tarde se radicó la Facultad de Artes Plásticas del Instituto Superior de Arte. San Alejandro pareció entonces como un centro iniciador de vocaciones, con sus altas y sus bajas, pero en una escala intermedia no demasiado estimulante para profesores y alumnos que veían muchas veces en la institución una estación de paso. Sin embargo, y luego de remontar los peores momentos de los noventa, la Academia entró en el siglo XXI con aires renovadores. Refrescó el proyecto pedagógico, reanimó el sentido de pertenencia, se insertó con voz propia en el panorama visual de la Isla. Ser profesor o alumno de San Alejandro es una condición que se ostenta con sano orgullo en estos días. Esto lo pude verificar al llegar al edificio de la rotonda de Marianao, para conocer del trabajo que profesores y estudiantes presentaban como un espacio temporal de la Décima Bienal de La Habana. Las acciones me reciben con las columnas envueltas, pienso en el célebre artista de origen búlgaro Christo, que con el título de Mientras vendamos, de marcado carácter lúdico, concibió Edel Bordón. Todos los ámbitos posibles se convirtieron en galerías. Destaca la obra de Erne García, un espacio del aula totalmente intervenido; Lágrimas negras, de los alumnos de Inés Garrido, quienes tomaron una escalera con una muy plural muestra de pañuelos personalizados; el proyecto personal, conceptualmente intrincado, de Rolando Vázquez, La letra con sangre; el difícil y complicado viaje de la libélula en Línea recta de Nelson Domínguez Landicani; el uso de la fotografía y la muestra de ingenio en la instalación Conversación, de Aissa Santino y Pablo Bordón; el impresionante, inteligente y bien facturado efecto visual, acompañado de una sonoridad que se corresponde con el mensaje que transmite la obra Soledad humana, de Rafael Villares; la experimentación escultórica de Yamilé Pardo, Archivo, Cadena de transmisión.

Algunas de estas obras se ven limitadas por los recursos, pero se aprecia el resultado válido de un trabajo a tomar en cuenta. Ni academia pura ni delirio pedagógico. San Alejandro es y vuelve a ser San Alejandro.arte


Tags: plastica, pintura, arte

Publicado por doctor_Cute @ 22:50 | 0 Comentarios | Enviar

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